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SOSTENIBILIDAD: CONCEPTOS

2nd marzo 2006 | Economía,Sostenibilidad

máquinas

Se habla mucho de sostenibilidad, de desarrollo sostenible. Los políticos dicen que legislan en ese sentido y los empresarios dicen que sus empresas respetan el medio ambiente. Así surgen las eco-ciudades, los eco-vertederos y se nos invita a que reciclemos, usemos lámparas de bajo consumo, los motores de los vehículos son más eficientes y las montañas se llenan de aerogeneradores y tendidos eléctricos. Pero, ¿con esto contribuimos verdaderamente al desarrollo sostenible? ¿O simplemente lo hacemos para tener la conciencia tranquila? Veamos algunos conceptos en torno a la sostenibilidad:

Antecedentes

Se habla mucho de sostenibilidad, de desarrollo sostenible. Los políticos dicen que legislan en ese sentido y los empresarios dicen que sus empresas respetan el medio ambiente. Así surgen las eco-ciudades, los eco-vertederos y se nos invita a que reciclemos, usemos lámparas de bajo consumo, los motores de los vehículos son más eficientes y las montañas se llenan de aerogeneradores y tendidos eléctricos. Pero, ¿con esto contribuimos verdaderamente al desarrollo sostenible? ¿O simplemente lo hacemos para tener la conciencia tranquila? Veamos algunos conceptos en torno a la sostenibilidad.

Aunque la idea es antigua, el concepto de desarrollo sostenible resurge con el Informe Brundtland encargado por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU. Literalmente se dice en él: “Está en manos de la humanidad hacer que el desarrollo sea sostenible, es decir, asegurar que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.

La expresión se popularizaría tras la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro (1992) y ahora se aplica profusamente para calificar muchos proyectos y darles un toque de modernidad.

El desarrollo sostenible se refiere, pues, a un tipo de desarrollo socioeconómico que sea capaz de prolongarse en el tiempo sin socavar la capacidad de la naturaleza para mantenerlo. No obstante aunque el término posee numerosas interpretaciones, por ejemplo ¿cuáles son las necesidades que es preciso satisfacer?, nos viene a indicar que el actual modelo de desarrollo no es sostenible e introduce la idea de solidaridad intergeneracional.

Tras la idea del desarrollo sostenible está el hecho de que el planeta Tierra posee unos recursos finitos. El aire, el agua, la tierra, los minerales, las plantas, los animales. Algunos de esos recursos son limitados en la cantidad total disponible, por ejemplo el petróleo o el carbón. Otros están limitados por su concentración o tasa de renovación, como puede ser la energía solar o la madera.

Frente a esta idea de un mundo finito y recursos limitados hay dos posturas, la de los que creen que aún estamos muy lejos de superar esos límites y que la tecnología resolverá los problemas de escasez y mantienen la tesis de que cuanto más se crezca, mejor, y la postura de los que creen que esos límites están a punto de superarse o se han traspasado y ponen como ejemplos el calentamiento del planeta, el colapso de las pesquerías, la extinción de especies o la disminución de los bosques primarios. El reciente Plan Nacional de Asignación que limita las emisiones de CO2 –gas causante del efecto invernadero- a las empresas es un claro ejemplo de que estamos en un mundo finito.

La huella del desarrollo

Son diversos los autores que vienen aplicándose a elaborar indicadores que permitan cuantificar físicamente la sostenibilidad. Uno de estos indicadores, en lo que se refiere a recursos renovables, es la huella ecológica de una población, por ejemplo de un país o una región. Como huella ecológica se entiende la superficie de tierra y de mar biológicamente productivas que son necesarias para mantener una población humana con un nivel de consumo determinado. La huella per capita, es decir el cociente entre la huella y el número de habitantes se denomina planetoide personal.

El planetoide personal está formado por la superficie de suelo agrícola para producir los alimentos que una persona necesita, la superficie de pastos para los animales que consume, la de bosque para la madera y el papel, la de suelo para vivienda y carreteras, la de mar para pescado y la de bosque que absorba el dióxido de carbono producido por su consumo de energía.

Paralelamente se ha definido como capacidad accesible la superficie biológicamente productiva local que puede ser utilizada por los habitantes de un territorio. Entonces, la diferencia entre capacidad accesible y planetoide personal se llama déficit ecológico. Si el déficit es negativo, indica desequilibrio y que el consumo es mayor que la capacidad local.

Una relación de datos de 1996 elaborada por la organización WWF sobre estos indicadores (Tabla I) nos demuestra la existencia, primero, de grandes desigualdades internacionales y, segundo, de que hay países –principalmente los desarrollados- que viven por encima de sus posibilidades. También que, globalmente, el balance es negativo.

Tabla I

Otro indicador, que en este caso incluye los recursos no renovables es la mochila ecológica. Se define como mochila ecológica la cantidad de materiales que intervienen y hay que mover en el ciclo vital de un producto y que quedan como residuos en escombreras y vertederos. La mochila ecológica refleja los flujos ocultos de recursos necesarios para fabricar un producto pero que no forman parte del mismo ni son valorados. Así, un kilo de carbón lignito tiene una mochila de 10 kilogramos de escombros y residuos. Un kilogramo de metal como el cinc tiene una mochila de 27 kg, pero un kilogramo de oro o platino tienen una mochila de 350 toneladas respectivamente.

De la eficiencia a la disminución del consumo.

En el camino hacia la ansiada sostenibilidad, continuamente se nos informa de que los coches son más eficientes -consumen menos gasolina-, que los electrodomésticos también son más eficientes y que los grifos ahorran agua. Pero ¿caminamos en la buena dirección y a la velocidad adecuada?

Para cuantificar la eficiencia se han definido los términos desacoplamiento y desmaterialización. Como desacoplamiento se define la desconexión entre crecimiento económico y uso de los recursos naturales, es decir, que la producción económica crece más deprisa que el consumo de recursos materiales y que los niveles de contaminación. Ejemplos de desacoplamiento son el aumento del volumen de vidrio reciclado, el diseño de motores de bajo consumo o que los teléfonos móviles sean cada vez más ligeros.

Pero los economistas advierten que el desacoplamiento no es buen indicador de sostenibilidad. Como ejemplo se pone el de los automóviles. Ahora los motores de los automóviles han pasado de consumir 8 litros de gasolina por kilómetro a 5 litros por kilómetro. Pero como el automóvil se emplea para hacer trayectos más largos o las familias han pasado de tener uno a tener dos automóviles, el consumo de gasolina –y, por tanto, de petróleo- sigue aumentando. Es lo que se conoce como efecto rebote o paradoja de Jevons.

Por eso los economistas argumentan que el camino a la sostenibilidad, especialmente en los países industriales, pasa por la desmaterialización. Como desmaterialización se entiende la reducción del consumo de materias primas, es decir, la disminución absoluta de la cantidad de recursos materiales incorporada a los productos industriales.

En estos momentos los datos mundiales indican que en determinados sectores y, en determinados países el PIB crece más rápido que el consumo de materiales o de energía y, por tanto, se produce desacoplamiento. Casos de desmaterialización absoluta se estarían dando en Finlandia, Francia e Italia. Pero, globalmente, en el mundo sigue creciendo el consumo de combustibles fósiles, de minerales, de madera…, es decir, no hay desmaterialización y por tanto no se camina hacia la sostenibilidad.

El caso de España

En unas declaraciones realizadas por Pedro Solbes, ministro de Economía de España, éste afirmaba que en los últimos años el consumo de energía por unidad de producto había crecido en nuestro país. Es decir, que España consume cada vez más energía para producir lo mismo.

Esto indica que estamos muy lejos de llegar al concepto de desacoplamiento y, por supuesto, caminamos en dirección opuesta a la desmaterialización. Para los economistas, España sigue un proceso rematerializador desde la década de 1970 y el proceso se ha acentuado en los últimos años ya que el requerimiento de materiales y energía de la economía española crece a tasas superiores a las de los países industrializados. Por eso avisan de la imposibilidad de sostener el modelo de desarrollo en el espacio y en el tiempo.

Esto nos lleva a reflexionar sobre varios aspectos. Primero, que debemos cambiar el modelo de desarrollo actual por otro basado más en el crecimiento cualitativo que el cuantitativo. Segundo, que debemos optar por definir las necesidades básicas y entonces diseñar un sistema energético acorde a esas necesidades. Por supuesto esto nos obligará a modificar nuestro sistema de consumo y nuestros parámetros alimentarios, de movilidad, etc. Propuestas y bibliografía sobre el tema ya hay. Cuanto más tardemos en aplicarnos, peor.

BIBLIOGRAFÍA

CARPINTERO, O. & NAREDO, J. M. (2004) El metabolismo de la economía española. En: La situación del mundo, 2004.
GARCÍA, E. (2004) Medio Ambiente y Sociedad.
ULRICH VON WEIZSÄCKER Y OTROS (1997) Factor 4. Informe al Club de Roma.

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Comentar este post (2 comentarios)



  • 1. Barracuda » LA EXPO&hellip  |  enero 9th, 2007 a las 6:04 am Usa el Saltamontes para subir

    [...] Nos mienten como bellacos. Agua y desarrollo sostenible es el lema de la expo 2008. Aunque uno de los criterios de la sostenibilidad sea la durabilidad. Siete millones de insostenibilidad. « ACAMPO DEL MORO   [...]

  • 2. Lygeum  |  junio 18th, 2008 a las 4:47 pm Usa el Saltamontes para subir

    Pego la columna de Trasobares sobre la in-sostenibilidad:

    La sostenibilidad que identifica nuestra Expo no consiste (sólo) en que las mismas compañías eléctricas que ocultan fugas radiactivas en las centrales nucleares hagan luego anuncios con florecitas, verdes praderas, mares azules y niños riendo. No estamos hablando de un argumento para el márketing, sino de un estilo de vida que preserve del desastre medioambiental, del hambre y de la guerra a las generaciones futuras. Porque la crisis que hoy se nos come vivos evidencia el agotamiento de un modelo político y económico global que ni la biosfera ni la humanidad podrán resistir indefinidamente.

    La in-sostenibilidad se despliega audaz ante nuestros ojos. Está claro: si se producen cada vez más automóviles, no sólo llegará un momento en el que no habrá compradores para tanto coche sino que además se promoverá el continuo aumento del precio de los combustibles; si las constructoras persisten en levantar viviendas por decenas y aun cientos de miles, con un constante y despiadado incremento de su coste, llegará un instante (como ha llegado) en el que ya no habrá mercado para tantísimo piso vacío en las grandes ciudades y para tanta segunda residencia en playas destrozadas y en valles urbanizados a la mecagüendiez. El negocio inmobiliario se ha desplomado al fin porque batía el récord a la hora de vender producto malo, feo y caro.

    Lo increíble es que ahora, cuando nos caen encima los efectos de la in-sostenibilidad, haya voces que reclaman la intervención de los poderes públicos para intentar que la gente siga consumiendo a modo y comprando pisos a precios estratosféricos. Y lo más alucinante es que quienes antaño reclamaban absoluta libertad en el mercado del suelo y de la vivienda, hoy pidan la intervención de los poderes públicos (y del dinero del común) a fin de sostener los márgenes de beneficios de la feliz época expansiva. O sea que, comprobada la hondura del problema, se trata de superarlos no mediante una sabia rectificación sino profundizando en el error.

    In-sostenible (I)
    El Periódico de Aragón; 18 de junio de 2008

    Ya sé que a buena parte de la honrada ciudadanía lo del crecimiento in-sostenible le gusta mientras fluye la pasta fácil. Compré un piso por trescientos mil euros y ahora vale cuatrocientos mil, hemos dicho u oído. ¿Y ahora, qué?, ¿cuánto valen ahora nuestras flamantes posesiones inmobiliarias? Porque en este mundo cruel y disparatado ocurre como en los casinos: siempre gana la banca. Así que en estos momentos millones de españoles propietarios de una o dos viviendas están cargando con el peso de la crisis. Y todavía los hay que piden más leña.

    La Tierra Noble (feliz, desprevenida y muy controlada por los poderes de toda condición) guarda en los archivos del subconsciente colectivo un notable apego por la in-sostenibilidad y una alta incapacidad para entender qué es sostenible y qué es una barbaridad. La verdad es que a la mayoría le atrae más el modelo levantino (crecimiento rápido, altos beneficios en el sector inmobiliario y libertinaje económico) que los sistemas más modernos, regulados y racionales. Estamos tan encandilados con Murcia, sus urbanizaciones y sus mercedes comprados a tocateja que no reparamos, por ejemplo, en cómo Navarra nos lleva una neta ventaja en terrenos como la industria agroalimentaria, mantiene interesantes tasas de desarrollo… y es, junto a Extremadura, la comunidad española donde más barata ha estado y está la vivienda. Y gobierna la derecha.

    La sostenibilidad implica cambiar nuestros conceptos apostando por un futuro dominado por la calidad de vida (aire y agua limpios, paisajes hermosos, viviendas confortables, comida sana, tecnologías limpias) y no por el estrés, la inflación y las jornadas laborales de sesenta horas a la semana. He de decirles, para no ser malinterpretado, que probablemente esta crisis de ahora será un bajón superable en unos años por otra onda de crecimiento a lo bestia. Pero algo es seguro: uno de estos parones globales acabará siendo definitivo. Cuidadín porque a partir de ese momento lo único que nos quedará en el mundo será… la hipoteca.

    In-sostenible (y II)
    19.06.2008


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