Barracuda

LA CULPA DEL PARO ES DE LOS TRABAJADORES

24th noviembre 2009 | Economía

Hoy en El País se puede leer una excelente lección de economía parda relatada por dos profesoras de Economía, Lourdes Benería y Carmen Sarasúa.

“Tres hoteles de la cadena Hyatt Hotels Corporation de Boston, en Estados Unidos, despidieron recientemente a casi 100 trabajadores de la limpieza, que cobraban 15 dólares por hora y tenían seguro médico, en su mayoría mujeres negras e inmigrantes, que llevaban 20 años en la empresa. A través de una empresa de trabajo temporal, Hyatt ha contratado a nuevas limpiadoras a 8 dólares la hora y sin seguro médico. A las despedidas se les encargó enseñar gratis a quienes iban a reemplazarlas, que les fueron presentadas como sustitutas para vacaciones. La empresa alega que la crisis ha reducido sus beneficios y les obliga a tomar esta medida. Las trabajadoras denunciaron el despido a un sindicato, que ha organizado una formidable campaña de boicoteo a la empresa, a la que exige readmitir a los despedidos. A la campaña se han sumado desde la Asociación de Taxistas de Boston a organizaciones profesionales que están dejando de utilizar estos hoteles, respaldados por el propio gobernador de Massachusetts y el Ayuntamiento de Boston.

La noticia no es que se despida a trabajadores en tiempos de crisis. Ni que se despida a trabajadores veteranos y formados y se les reemplace por jóvenes sin formación. Tampoco es nuevo el secretismo en los despidos, ni obligar a quienes van a perder su trabajo a enseñar gratis a quienes les reemplazan. Lo novedoso es que frente a unos despidos se levante una ola de indignación que ha llegado a los políticos y al mundo académico. La International Association for Feminist Economics (IAFFE) afirma que si la empresa trataba de reducir costes para compensar la caída de beneficios hubiera conseguido una reducción mayor recortando un 1% los salarios de los altos ejecutivos que despidiendo a 100 de los empleados peor pagados.

En todos los países se aprecia un rechazo creciente a las enormes diferencias de ingresos entre los ciudadanos, que con frecuencia no responden a la cualificación ni al trabajo realizado. En España es fácil encontrar titulares denunciando El sueldo escandaloso de los banqueros. En EE UU, sus desorbitantes primas han llevado a The New York Times a afirmar que “no tienen vergüenza”. También los salarios de los altos ejecutivos han generado un debate nacional, culminando con el anuncio del Gobierno de Obama de limitar el sueldo de 175 personas que dirigen empresas rescatadas por el Gobierno. El rechazo social a estos ingresos escandalosos no debería quedarse en una censura coyuntural. La crisis hace políticamente inaceptable la miseria creciente, las desigualdades en las rentas y en el nivel de vida de las personas. Unas desigualdades que durante las últimas décadas de políticas económicas neoliberales han aumentado, no disminuido, como nos prometieron. En nuestra opinión, la indignación contra las diferencias abismales no debe taparse ni desactivarse, sino, al contrario, convertirse en una oportunidad para repensar cómo explicar las desigualdades.

¿Cómo se asignan los salarios? ¿Cómo se decide lo que cobra la gente -los directivos de bancos y empresas, los empleados, los políticos? Una rápida ojeada a cómo ha explicado la Teoría Económica la formación de los salarios desde hace 250 años muestra una combinación de conceptos primarios que seguimos oyendo cada día en boca de los representantes de la patronal y de instituciones del Estado: hay que abaratar el despido, reducir los subsidios al desempleo, bajar los salarios y las cotizaciones a la Seguridad Social, los convenios colectivos y las cotizaciones son los culpables de que no se contrate más… Aunque estos argumentos tienen sentido bajo ciertas circunstancias, es importante que analicemos la teoría que los justifica.

La primera teoría con la que se explicó la formación de los salarios fue la de los “salarios de subsistencia”, sostenida por Malthus a finales del siglo XVIII, y por Ricardo a principios del XIX. Para el párroco Malthus, los trabajadores debían recibir unos salarios equivalentes a lo necesario para cubrir sus necesidades básicas. Cuando se les pagaba de más tenían más hijos, en pocos años aumentaba la oferta de trabajo, había más trabajadores que empleos, y la ley de la oferta y la demanda hacía que los salarios cayesen, provocando hambre y mortandad. Esta visión fue rechazada más tarde por Marx, para quien el que hubiera más trabajadores que empleos no sólo no era negativo para el capitalismo, sino que era lo que garantizaba sus beneficios, al constituirse en un ejército de reserva de fuerza de trabajo que permitía al patrono reemplazar a los trabajadores por otros más baratos. Sólo la negociación colectiva y la unión de los trabajadores en sindicatos podían contrarrestar el juego.

A finales del XIX, y en su afán por justificar la desigualdad salarial, la revolución marginalista explicó el salario como equivalente a la “productividad marginal” del trabajo. Es decir, los salarios igualaban el valor del producto neto que producían, y el desempleo era el resultado de que los trabajadores “costaban” más de lo que “valía” su productividad. En otras palabras, ganamos lo que vale nuestro trabajo. Si los directivos ganan mil veces el salario medio es porque producen mil veces el valor que nosotros producimos. ¿Que han arruinado a su empresa y perdido el dinero de los inversores… y siguen ganando mil veces más que usted? Aun así, dirá un economista ortodoxo. Naturalmente que la crisis económica disminuye el valor del producto marginal de los trabajadores, pero también el de los ejecutivos. La producción de una empresa representa el esfuerzo de muchos trabajadores. ¿Cómo distinguir entre los “productos marginales” de cada uno? Como en el caso de las limpiadoras de los hoteles Hyatt, las pérdidas son del conjunto de la empresa, pero quienes pierden el empleo suelen ser los más débiles.

Además, la teoría económica ortodoxa ignora lo que Lester Thurow ha llamado “the sociology of wage determination”, los factores sociales y políticos que afectan a la remuneración del trabajo, como la existencia de sindicatos, las políticas de promoción de las empresas, o los salarios mínimos. Por el lado del capital, el acceso privilegiado a la información y a relaciones con las élites económicas y políticas, y los privilegios heredados, benefician su capacidad de negociación y sus múltiples fuentes de ingresos. La teoría económica tampoco explica por qué las mujeres y los negros (hombres y mujeres) ganan siempre menos que los hombres blancos. Porque el valor de lo que producen es menor, dirá un economista ortodoxo. Ellas han decidido estudiar menos y en consecuencia están peor formadas, o trabajan menos horas, o insisten en emplearse en sectores menos productivos. Estas explicaciones economicistas prefieren ignorar el racismo, las normas patriarcales o la profunda desigualdad de oportunidades entre grupos sociales.

En definitiva, la teoría económica al uso prefiere no tener en cuenta las diferencias de poder entre trabajadores, y entre éstos (que aceptan lo que les ofrecen porque su subsistencia depende de ello) y el capital (que impone sus condiciones puesto que puede no ofrecer el empleo). Si usted fuera más productivo ganaría más. Las injerencias de sindicatos o gobiernos sólo empeoran las cosas: a cambio de que unos pocos ganen más muchos perderán su empleo, o muchas empresas cerrarán, incapaces de hacer frente a los costes. Sobre los salarios que se asignan a sí mismos estos ejecutivos, directivos, empresarios, sobre cómo pactan sus primas, bonus, incentivos, blindajes, exenciones fiscales…, silencio.

La teoría económica lleva 200 años explicando la asignación de salarios como un proceso eficiente; intentando convencernos de que hay que dejar actuar al mercado. Pero la crisis económica nos está invitando a dudar de ella. La imposición de límites salariales a algunos ejecutivos por parte del Gobierno de Obama plantea el debate de qué consideramos un “salario justo”. Entidades financieras como Credit Suisse están cambiando sus formas de pago y ejecutivos como Kenneth D. Lewis, del Bank of America, renuncian al sueldo (aunque cobrará 60 millones de dólares cuando se jubile en diciembre). No es que estas propuestas solucionen nada, pero reflejan la presión social. Si las empresas fueran más democráticas, los trabajadores podrían negociar y sugerir cambios sin tener que depender del Estado para proteger su empleo y su salario. Las directivas de organizaciones como la OIT son también un punto de partida para un mundo laboral más justo. Si dejamos de considerar aceptables las desigualdades brutales, si dejamos de aceptar que los salarios reflejan lo que vale nuestro trabajo, si presionamos como ciudadanos para que nuestros gobiernos asuman el objetivo político de un trabajo digno para todos, esta crisis se habrá convertido en oportunidad. En todo caso, estos esfuerzos deberán incluir el objetivo de reconstruir una teoría económica fosilizada.”

Comparte esta información:
  • Print
  • Digg
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • email
  • Live
  • Meneame
  • MySpace
  • PDF
  • Twitter

Comentar este post (3 comentarios)



  • 1. josi  |  noviembre 25th, 2009 a las 6:19 am Usa el Saltamontes para subir

    Soy economista que sigue intentanto ponerse al día poco a poco. El artículo no dice ni aporta nada nuevo en mi opinión. No se qué es lo que pretende el artículo. La ciencía económica sí puede y explica cómo funciona el mercado de trabajo, y otros. Es decir, oferta y demanda con sus imperfeciones. En la economía al ser una ciencia social podemos aplicar muchas otras ciencias para los diversos comportamientos de los participes, por ejemplo, menores salarios para negros o mujeres ( discriminación, otras opciones de vida, menor educación.. ). La ciencia económica intena explicar y los politicos y otros agentes toman decisiones que afectan a la economía. Los politícos pueden decir que lo “justo” es que “las empresas sean democráticas”, como dice el artículo y le arrebatamos el derecho de propiedad al dueño. Eso es una posiilidad que generalmente se ha probado poco eficiente, y poco democrática. Si además los politícos o gobiernos nos dieran un “trabajo digno” a todos, como dice el artículo, quién se encargaría de los trabajos “no dignos”, ¿qué es un trabajo digno?, ¿será cómo en los paises comunistas que todo el mundo tenía trabajo independientemente de su valia?¿ hacemos que todos los futbolistas cobren lo mismo?. Para mí es más de lo mismo, “más Estado” y no me parece la solucion. Siento el rollo.

  • 2. Un trabajador más  |  noviembre 25th, 2009 a las 12:51 pm Usa el Saltamontes para subir

    Hola, esto es para Josi:
    ¿Cual es la solución? ¿Más liberalización? ¿Más privatización?
    ¿Que tenemos que hacer para que la economía funcione bien,
    dejar que los grandes capitales hagan y desagan a su gusto y manejen a los trabajadores desechando los validos y los no validos como los sexadores de pollos? ¿Tendremos que dejar que la corrupción y las mafias se apoderen de los negocios y del mercado de trabajo para asegurar que la economía funcione? ¿Tendremos que hacer la vista gorda a los negocios sucios, al dinero negro y a la exclavitud trabajadora para potenciar la economía?
    ¿A quien defienden los actuales economistas? ¿Defienden a los más pobres y realizan una labor semialtruista para elevar la calidad de vida de los paises o defienden los intereses de los más peces más gordos? Creo que actualmente la ciencia económica en su mayoría es un instrumento de los grandes capitales que les hace enriquecerse cada día más y aumenta su poder apoyando el trasiego de capital público hacia manos privadas a todos los niveles.
    Nos hacen creer con todos los medios que la liberalización económica del sistema es buena para todos y nos hacen defender eso, nos llevan como a borregos por donde quieren los amos. Desde luego que la libertad económica es buena, pero solo para los que la prodigan.
    Esa gentuza multimillonaria que maneja el mundo maneja también a los gobiernos, pues todos han perdido ya la independencia, no actuan movidos por los deseos de sus votantes, pues tienen las manos demasiado atadas para poder moverse con soltura. Los gobiernos actuales son marionetas del capital, ya se llamen conservadores, populares, socialistas, laborales o nacionalistas, unos y otros tienen muy limitado el movimiento por la presión del capitalismo. Estos gobiernos se juntan en cumbres que hablan de globalización, pero solo de la globalización que les interesa, de la globalización económica y sus leyes de mercado capitalistas, no quieren una globalización verdadera que sería la globalización total, la que defienden los mal llamados movimientos antiglobalizadores, pues ellos defienden la globalización de otras cosas como la justicia mundial, la sanidad mundial, la educación mundial, el respeto por los derechos humanos y laborales a nivel mundial, todas esas cosas son las que no quiere el sistema capitalista que es capaz de apoyar dictaduras asesinas si se beneficia economicamente de ello.
    Muchos estados han hecho muy mal en desacerse de sus principales recursos cediendoselos al sector privado, pues han ido perdiendo poco a poco poder de decisión dejandole el campo libre al capitalismo más radical, al capitalismo del desastre. Es vergonzoso ver como se degrada la labor y el funcionamiento de los sistemas e instituciones democráticas y sociales a favor del sector privado, en la educación no se aportan medios económicos a las escuelas e instituciones públicas y se invierte en acabar con ellas para beneficio de los colegios privados, lo mismo sucede con tantos otros sectores, incluso los sindicatos están cada día más corruptos, el capital maneja las cupulas sindicales, se ve claramente a diario, por eso cada vez los trabajadores se sienten más desprotegidos, no tienen en quien confiar, se están desaciendo los pilares en que se asienta el estado democrático y social. La gente cada vez confía menos en sus politicos e instiruciones. ¿Que nos queda?
    Hay que luchar por conseguir el control del mercado, el mercado no puede basarse en el descontrol, aprobechamiento de los paraisos fiscales y movimiento de dinero negro para crecer, el crecimiento tiene que venir de la competencia sana entre los productos, no de la especulación.
    La especulación nos ha llevado al agujero sin salida en el que estamos metidos y los gobiernos se mantienen unidos para intentar salior de la crisis y mantener el mismo sistema especulativo. Hay que poner coto a los movimientos de capital mundial, habría que crear un impuesto de transacciones a nivel mundial, habría que controlar todas esos movimientos de dinero, pues no hay nadie que controle eso. Al igual que hay un sistema mundial que se preocupa de evitar que se repartan medicamentos adulterados o productos alimentarios intoxicados, tendría que existir un control del dinero que se mueve a nivel mundial, al no haberlo se da pie al descontrol, a las crisis económicas, al paro y a la especulación financiera. Actualmente las grandes empresas no son de los empresarios y ese es un gran problema, el capital esta muy repartido y es muy fluctuante, todo se juega en la Bolsa, se juega el dinero y se juega el futuro, derechos e ilusiones de muchos trabajadores, los inversores no saben nada del producto que venden las empresas en las que tienen su dinero, ni quieren saberlo, solo quieren ganancias y no entienden más, les da igual si la empresa en la que tienen su dinero invertido fabrica bollos de nata o sardinas en lata, o si fabrican bollos de nata con sabor a sardina rancia, lo importante es ganar dinero, a costa de lo que sea, de empeorar los ingredientes, de flexibilizar al obrero (Menos salario, menos derechos y mas horas y mas producción), todo vale, mandan los resultados a corto plazo, aunque no se invierta en mantenimiento de maquinaria ni en seguridad, una empresa ha de ir marchar rápido como un coche deportivo, lo malo es que con esa gestión el coche acaba sin frenos, sin correa de la distribución, sin embrague y apunto de explotar por falta de mantenimiento, recursos y control interno.
    No todo vale, el sistema económico capitalista actual está dando sus últimos coletazos, o ponemos los medios para evolucionar lentamente con un control hacia algo mas seguro, mas democrático y justo o dejamos que el barco siga sin piloto hasta que colisione con un iceberg y todo cambie a otra cosa a base de ostias.

  • 3. una historia de dominio  |  noviembre 25th, 2009 a las 3:28 pm Usa el Saltamontes para subir

    Josi, como comunista te digo que la cuestión no es tanto la propiedad sino el régimen de propiedad, por tanto la propiedad puede concebirse como un Deus ex machina, o no, esto es, socialmente responsable, socialmente limitada. Hay versiones capitalistas que incluso admiten en cierto grado esta concepción, pero evidentemente nunca alcanzan una formulación no alienante o fundamentalmente no alienante de la propiedad.

    Por otra parte, es importante considerar la economía como abasto de las necesidades individuales y sociales, y no como justificación del dominio real de la misma, que parece el objetivo epistemológico de los economistas capitalistas (es importante aclarar que aunque parezca lo contrario, ciencia económica no es equivalente a economía capitalista).

    Por eso se obvia, como tú obvias, el origen históricamente construido del dominio real del modo de producción, para enfatizar que es poco democrático intervenir (sin especificar el grado) en ese dominio. Sin embargo el origen y desarrollo de ese dominio no tiene nada que ver con la democracia ni la justicia, sino (hablando en términos generales y tendenciales) con una correlación de fuerzas ventajosa, que se ejemplifica en el artículo en alguna de sus vertientes.

    Un trabajo digno es un trabajo que permite vivir con dignidad (ciñéndonos al aspecto material). Eso es porque un trabajo es un medio de vida. Pero un trabajo digno no es cuarteable: de un trabajo digno no salen cuatro trabajos dignos, sino una degradación del medio de vida y por tanto de las condiciones de vida, que debe ser el centro de atención de la economía. Es decir, se acaba dando una sobre-ventaja del capital en el conflicto capital-trabajo.

    Sin embargo para un economista capitalista seguramente dicha degradación material de las condiciones de vida del trabajador sea un acierto, porque ha permitido en cualquier caso a) mantener o mejorar la situación de la propiedad y su interés, lo que se entiende como núcleo de la misma vida económica; b) la perpetuación del medio de producción en régimen de propiedad capitalista; c) el “libre” desarrollo de los mecanismos de la oferta y la demanda, en este caso en el mercado laboral. Todo ello es síntoma de explotación, puesto que redunda en el reforzamiento de un estilo de vida (dominante) a costa de la degradación de un medio de vida (dominado), proceso justificado desde el momento que el centro de atención es “ese” régimen de interés en lugar de las necesidades de las personas.

    Es por eso que la prioridad del modo de producción capitalista no es ni la persona, ni cubrir sus necesidades materiales mediante la “libre” distribución de bienes y servicios, sino que eso es un efecto secundario, ya que solo sucede cuando es rentable en términos capitalistas, es decir, en tanto que proporciona beneficios, el objeto del interés mismo. Es por eso que la única “ley” capitalista objetivable es la tendencia a la acumulación en todos los órdenes de la vida, lo que garantiza una posición de ventaja en la competencia por los beneficios. Todo lo demás queda subordinado a este movimiento de obtención tendencialmente concentrado y desigual, que es el verdadero Deus ex machina que modela sistemas de propiedad e intercambio a imagen y semejanza.

    Por otra parte, el hecho de que la atención a las necesidades materiales de las personas en el capitalismo no sea mas que un efecto secundario de su razón de ser, y que su razón de ser y funcionar esté basada en una desigualdad intrínseca en todos los órdenes de la vida, garantiza no solo que sea un modelo económico radicalmente injusto, sino también apabullantemente ineficiente. Nunca como ahora, cuando el capitalismo se encuentra en la posición de dominio más sólida de su historia –podríamos decir imperial, no confundir con imperialista- ha habido más pobreza, ni más miseria, ni ambas han causado más muertes en todo el mundo. Nunca, jamás, un modelo económico ha matado más ni ha causado más desconsuelo y desamparo.

    Este sistema basado en el despojo, lógicamente genera resistencias, por lo que su programa genético no se desarrolla sin trabas. Estas resistencias es lo que siempre se ha conocido como lucha de clases. Históricamente uno de los campos de batalla por antonomasia de la lucha de clases ha sido el Estado, que a su vez ha sido un indicador en la correlación de fuerzas en el conflicto entre capital y trabajo. Es por eso que el Estado ha sido y puede ser un elemento de corrección de una situación de explotación por parte de la minoría dominante (porque Josi, la economía capitalista es ni más ni menos que una cuestión de dominio de unos sobre otros).

    Es por ello que disiento totalmente de tu diagnóstico, “más de lo mismo, ‘más Estado’ y no me parece la solución”. Más Estado puede ser más burocratismo, sí, es un peligro, pero también más control social, es decir, más justicia social. Yo sí que siento el rollo.

    Saludos


ÚLTIMOS COMENTARIOS

LO MÁS RECIENTE

LO MÁS VISITADO

Tienda Barracuda

ARTÍCULOS POR CATEGORÍAS

CALENDARIO DE ARTÍCULOS

noviembre 2019
L M X J V S D
« oct    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930  

ARTÍCULOS POR MESES

PÁGINAS